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Última parte en la que se nos revelará el destino, que los dioses del Olimpo dorado han trazado, con gráficas de barras y de quesitos sobre las tiernas cabecitas de estas niñas, que recogidas en flor por sabias manos, han sido traídas a la capital ¡Como un rebaño! Y atadas con hilo invisible que no se rompe, a una fiera máquina que bebe y se deleita con su sangre.

¡Nudos que no se desenlazan! ¿Ha de aparecer en el cuarto cuarto de la hora nona el salvador de armadura brillante que lanza impolutos reflejos de sol blanco como la nieve y ciega a los villanos, que las recogerá con rasante guante de entre las fauces del dragón de lata, que cada mañana entre rugidos las -uuuUUUuuuUUUuuu- reclama?

Las que tienen que servir, cuarta y última parte.

Relatado por Xia Yan, y traducido como su chino le dio a entender por Querido Mister Holmes.

Habitualmente, estas cortesias -gritos, castigos y palizas- solo corresponden a nuestras chicas con contrato. Para las trabajadoras externas se reservan metodos más ingeniosos, como hacerles la vida imposible o encargarlas los trabajos que nadie quiere hacer, entre estas que reciben esta clase de atenciones de las capataces, las hay que para ganarse su favor les ofrecen pequeños regalos, o algo de dinero, todo para asegurarse una vida más fácil. Por supuesto para ellas, tener que dar algo del dinero que tan duramente han ganado a los encargados, es otra carga odiosa, pero para las pobres chicas contratadas, incluso esta obligación parece un privilegio de las que ellas carecen. Cuando unas amargamente se quejan de esta extorsión, las otras las envidian el derecho a disponer de la libertad de usar algo de su dinero para evitarse la furia de los capataces.

Bajo una regulación especialmente favorable y contando con con una mano de obra barata y abundante de la que alimentarse, las industrias japonesas en China crecen saludables. Si tomamos como ejemplo la gran fábrica de tejidos japoneses de la calle Fulin1, cuando en el vigésimo octavo año del reinado del emperador Guangxu los inversores de la firma Mitsui2 compraron el terreno y levantaron la primera nave industrial, dentro de ella contaban con menos de 20 mil ejes de hilado. Treinta años después se alzan seis plantas de hilado, equipadas con 250 mil ejes, cinco plantas de tejido y seis mil maquinas de estirado, todo ello atendido por 8 mil obreras y sostenidas sobre una inversión de 13 millones de dolares. Dicen que en Estados Unidos bajo cada traviesa que sujeta los raíles de sus vías férreas, está enterrado el cuerpo de uno de los obreros que las construyó, nosotros podemos decir de la gran fábrica japonesa de tejidos de la calle Fulin, que en cada una de sus bobinas de hilo esta encantada por el espíritu una de las trabajadoras que trabajó en ella.

Después de la invasión japonesa de 1932, se llevó a cabo una reforma de los planes de producción, persiguiendo una mayor productividad. El computo global de los últimos años muestra un aumento de la maquinaria y un descenso de los trabajadores empleados. Sin embargo, dentro de esta reducción del número de trabajadores, podemos apreciar un rápido ascenso en el número de las contratadas, que en la actualidad hacen un importante aporte a las plantillas de las fábricas. Contando las treinta empresas que en la actualidad producen en Shanghai y sus 84 mil empleados, descubriremos que de ellos, unas 25 mil son chicas empleadas bajo el sistema de contrato trianual.

Tecnificación y automatización, si en el pasado cada maquina de hilado del tejido era atendida por un trabajador, en la actualidad solo es necesario uno para cada fila de maquinas, si en el pasado cada obrero se encargaba de treinta órganos, cada uno compuesto por ocho bobinas, en la actualidad cada obrera se encarga de 100, en el pasado por cada cinco maquinas de tejido era necesario un trabajador, ahora solo se necesita uno por cada 20, ¡incluso por cada 30 si contamos con un trabajador capaz! En apariencia, podría suponerse que el aumento de productividad ha de suponer un aumento de salarios, ¡La realidad no es tan sencilla! Menos obreros y peor pagados obran el milagro de producir más por menos, aunque el tema de los salarios no es uno que afecte a las protagonistas de esta historia, cuanto cobran o dejan de cobrar no es asunto que les deba preocupar personalmente, ya que el salario de las chicas contratadas, pasa en virtud al contrato firmado al bolsillo de la parte contratante, el jefe de cuerda.

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Dos tazones de arroz por comida, 12 horas de trabajo, tecnificación y automatización, trabajar en la fábrica y, al volver de ella, seguir trabajando en lo que el señorito quiera mandar, esta es la vida de las cerdas como las llaman sus jefes, poco mejor que la del barro sobre que ellas pisan al caminar… Pero esta maquinaria de carne y hueso, en definitiva, no se puede comparar en calidad a las modernas adquisiciones de acero traídas de ultramar, y pocas veces llegan a cumplir la duración de sus contratos, una estimación aproximada concluye que la mayoría aguantan unos dos años de los tres firmados. Trabaja, aunque estés tan débil que no eres capaz ni de caminar, trabaja, todas igual de delgadas, todas dobladas hacia adelante, como arcos, caras miserables ¡Las muertas sirvientes! Que tosiendo, boqueando pesadamente, cubiertas de sudor frió, son arrastradas a trabajar. Por ejemplo, esa, tan delgada que da miedo, tanto que las oficiales, encargadas supuestamente de revisar el estado de salud de las trabajadoras, no se atreven ni siquiera a tocar con sus manos.

-¡Midela tú!, Es como un esqueleto, si la tengo que tocar yo, esta noche voy a tener pesadillas-

Pero la que no tiene miedo a las pesadillas es la jefa, algunos de sus amigos, asqueados por la visión de la cerda tan flaca le dicen – Hazle un favor, deja que se vuelva al pueblo-

-¿Qué deje que se marche? ¡Vale! Entonces me devuelves tú lo que aún me debe ¡Dos años de alimentación y alojamiento!- Y volviendo la cabeza clava los ojos en su chica y dice:

-¿Marcharte? ¡Ni lo sueñes! Mientras que no devuelvas lo que me debes, prefiero tener que pagar un ataúd y hacerte trabajar hasta matarte-

El salario de esa, es de 38 céntimos por cada jornada de doce horas, el año pasado gano 32 céntimos por día, haciendo la media. Después de los dos años trabajados, ya ha hecho ganar a su jefa ¡Por lo menos 230 dolares!

Otra, después de un año de esta clase de vida, con no poco esfuerzo, consiguió convencer sin que nadie se enterara a una de las trabajadoras externas de que escribiera para ella una carta destinada a su familia, suponemos que el papel, el sobre y el sello salieron de la solidaridad de alguna otra. Escrita y mandada la carta y después de pasar un mes sin recibir respuesta, medio esperanzada y medio muerta de preocupación, aún espera ver aparecer a su madre, venida hasta Shanghai para llevarla de vuelta a casa. Lo que no sabe es que esa carta acabó, por vueltas que da la vida, en manos de su jefa, que cuando vuelva hoy del trabajo la está esperando acompañada de dos de sus capataces. De un salto, con la cara roja de furia la agarra por el pelo y la emprende con una mezcla de palos, patadas, gritos e insultos – ¡Te voy a matar, puta! ¡Estas son las historias que cuentas por ahí!

-¡Tres comidas al día y así me pagas!

-¡Te voy a matar! ¡Vas a servir de ejemplo!

-¡Quien la ha escrito! ¡Habla! ¡Habla!

Todas las rodean, presenciado como corre la sangre y oyendo los gritos de una y otra empiezan a temblar… Parece que el ejemplo, realmente ha surtido efecto. Cuando se ha cansado de la paliza, la arrastran hasta el edificio que sirve como alojamiento a la familia de los jefes, donde la encerraran en algún cuarto para que reflexione sobre sus faltas toda la noche. Esa noche en los dormitorios de las trabajadoras no se escuchara un solo ruido, más que un gemido sordo, el de un ejercito de esclavas que en mitad de la oscuridad, con los ojos clavados en el techo, lamentan su suerte entre sollozos.

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La constitución del cuerpo humano es a veces una cosa realmente muy rara, por la fábrica han pasado muchachas gordas y saludables como un cebón, que en cuestión de días se partieron como una rama seca, y antes de pasar un mes ya estaban muertas. Por el contrario, esa, que ya era tan delgada que parecía un esqueleto cuando llegó, ha sido capaz de aguantar un día tras otro. En lucha contra la muerte cada minuto que pasa, aún tiene la fuerza de voluntad para seguir viva. Cada comida dos cuencos de arroz, doce horas de trabajo, entre un ruido, entre humedad y polvo, trabaja, en silencio, mecánicamente, sin parar un momento, una y otra vez, exprimiendo de ese saco de piel y huesos hasta la ultima gota de sangre y sudor que pueda quedar en su interior. Mirando a esta famélica señorita-maquinaria generadora de beneficios, no puedo evitar pensar en las garzas negras que usaban los barqueros cuando era niño, estos pájaros, que se parecen mucho a un cuervo, pasaban todo el día posados en fila sobre la borda, atados con una cuerda larga por una de sus patas a una argolla clavada en la barca. De cuando en cuando echaban a volar, para lanzarse en picado en busca de un pez y volver con su trofeo a la barca, donde el dueño mediante suaves tirones extraía de sus buches el premio. Escupir y volver a pescar, pescar y volver a escupir, después de todo un día de pesca, el dinero de la venta de los peces conseguido con su esfuerzo, no era para ellas, sino para sus dueños. A ojos de un niño, no había con ellas ningún maltrato, los barqueros se ocupaban de criarlas y las daban de comer hasta que se hartaban, pero ahora, que esta relación se ha establecido entre personas ¡Ni siquiera se toman tantos cuidados!

Para estas miles a las que se deja morir de hambre, no existe luz, no existe calor, no existe esperanza…no hay leyes ni humanidad. Solo técnica, mecanismos y sistemas, aplicados hasta las últimas consecuencias y posibilidades descubiertas en veinte siglos de progreso y ciencia, y contra los que no se opone conciencia, ni solidaridad ni protestas. Forjadas entre golpes de martillo y abrasadas por las chispas que saltan desde las urnas en las que se cuela el metal fundido ¿Por qué este calor no produce llamas? ¿Es que el fuego que pueda liberarlas se ha extinguido?

Da lo mismo, contra la llegada del nuevo día que ya se acerca, no sirve de nada oponer resistencia. Alguien habló de los cuerpos de los obreros enterrados bajo cada traviesa, yo también quería advertir a sus señorías que prestaran atención a las protestas de los espíritus encadenados a los ejes de hilado que giran y giran.

Escrito en Shanghai en 1936.

1En el perímetro donde antiguamente se situaba esta factoría, se sitúa un centro comercial, en la que entre otras marcas, tiene un punto comercial ZARA.

2Esta empresa sigue existiendo, Mitsui es uno de los mayores conglomerados industriales japoneses, su casa madre sigue siendo, como entonces, un banco de inversiones.

¡Hambre! ¡Humillaciones! ¡Horror! Arrancadas del famélico pecho de sus madres, arrojadas al metálico vientre de la bestia que se alimenta de carne ¡Humana! Es la naturaleza del lobo, del jefe al que el populacho llama cuerda, que arrastra tras si el ¡Holocausto! que ofrecerá a las chimeneas humeantes a cambio de vil metal…

¿Qué espera a nuestras niñas detrás de la puerta oxidada?

Lo hemos de descubrir en esta tercera entrega de Las que tienen que servir, tal fue narrado por Xia Yan y tal acertó a traducir su querido Mister Holmes.

Las que tienen que servir /3

Las cinco de la mañana en punto, la primera llamada a las obreras ya suena con violencia, las puertas del edificio de ladrillo rojo cubierto por techo de lata se abren, la manada de esclavas desposeídas -incluso de cadenas- entran como pollos en un corral, empujándose sin orden. Cada cual con su cartilla de identificación en la mano, hablando poco y con desgana. Pasada la puerta, la corriente humana se divide, primer grupo a la izquierda, segundo, tercer, quinto y sexto grupo a la derecha1. Antes de haber recorrido cien pasos, se unen al río de las trabajadoras no contratadas, a jornal, o externas, que trabajan con ellas en la fábrica y que también están entrando ahora. Pero aunque fluyan en la misma dirección, la división entre ellas es evidente en la ropa, que las trabajadoras a jornal llevan, más o menos, un poco más cuidada, lo normal entre estas es vestir un qipao y unas zapatillas de goma, amarillas o azules, y a las de dieciocho o diecinueve años, les gusta arreglarse con un poco de maquillaje para parecer más blancas, incluso hay la que se adorna con un ondulado de peluquería.

Ninguno de estos lujos son para las trabajadoras contratadas, que visten sin excepción ropas escuetas, gastadas y sin forma, arriba una camisa sucia de desvaído color verdoso pantano, o verdoso hoja de loto, abajo visten falda de color verdoso sauce o negro apagado, pelo largo, recogido en coletas, zapatos viejirrotos de tela basta y pies vendados según la antigua costumbre2 que impide que estos se desarrollen con normalidad, dotan a todo el conjunto de un aire trastabillante a la ida y vuelta de la fábrica.

Fuera del trabajo las dos clases raramente se mezclan entre si: pueblerinas, carentes de educación, cerebros de barro rellenos de estiércol y paja y acentos que las demás no tienen manera de entender; exceso de arrogancia, desprecio inmerecido por las otras y prejuicios inconscientes de las ciudadanas, son las razones que impiden que se desarrolle alguna cercanía entre ellas -Somos más libres que vosotras, tenemos más derechos- esto es lo que piensan algunas… aunque la libertad siempre vaya de la mano del hambre y esos derechos -a cambiar de trabajo, a pedir mejor sueldo-, nunca hayan sido usados.

El monstruo de ladrillo rojo abre la boca para recibir su alimento diario, los guardias hindus3 que vigilan las puertas de metal inspeccionan los documentos que acreditan que a la que se recibe es mano de obra certificada. A las chicas contratadas les basta con enseñar una cartilla de identificación impresa, las trabajadoras externas deben añadir a esta cartilla un permiso de trabajo con fotografía. El uso del permiso de trabajo es un requisito impuesto tras el incidente -que recibió el nombre de rojo– de hace una década, cuando todas las fábricas de tejidos de Shanghai se pusieron en huelga. Esta medida de seguridad es única de las factorías japonesas. Tanto en los telares chinos como en los ingleses es normal que los familiares de los trabajadores les sustituyan usando su cartilla de identificación cuando estos deben ausentarse, ya sea para estudiar o para cerrar algún negocio y en el interior de la fabrica no es raro ver a los hijos, de cinco o seis años, trabajando junto a los padres, aunque por supuesto estos “becarios” no reciben ningún salario.

Telares produciendo rollo tras rollo de tejido, lineas de producción que tejen y tejen medias, incesantes al servicio de la felicidad satinada y confortable del consumidor, pero -¿Y el proceso?- Convertir el algodón en dinero, no tiene nada de feliz, ni de satinado, ni de confortable. Ruido, polvo y humedad, estos son los tres compañeros y las tres amenazas de las trabajadoras.

Los pasajeros del tranvía, a su paso por Yang Shupu pueden escuchar a su izquierda y derecha, procedentes de las fábricas textiles, una especie de shashashasha como de lluvia cayendo sin parar, mezclado con un longlonglong que recuerda al sonido de un trueno, según nos acercamos la violencia del sonido crece y crece ¿Llegara a parar?… No, seguirá atontando, entumeciendo sus tímpanos, el ladrido de los motores, el golpeo de las cintas sobre el algodón, el ruido del giro de los ejes, el rechinar de las ruedas dentadas, empujándose unas a otras… Sonidos chirriantes, martilleantes, rechinantes, perforantes forman un magma igigcrucruchukluduble que parece como que extrae todo el aire del interior de la nave, que absorbe todo el espacio haciéndola más y más pequeña y aplastando a sus ocupantes contra el suelo.

Las capataces y las encargadas, cuando quieren dar sus ordenes a las trabajadoras, no usan palabras ni gestos, solo el sonido de los silbatos que sujetan en la boca es capaz de romper el velo de ruidos nerviosos que cubre a las que trabajan entre las máquinas

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El polvo. Entre la limpieza y tejido del material se provoca el vuelo de incontables partículas y fibras de algodón, las chicas que barren el suelo lo hacen con escobas que, cubiertas por trocitos de algodón, acaban pareciendo fregonas. Las que andan entre los callejones -así se llama el espacio entre las lineas de máquinas de hilado- lo hacen como en una fina nevada que vuelve a cubrir el suelo nada más acaban de barrer. En la zona de apertura, ablandado, limpieza y cardado de los fardos de material… el trabajo aquí consiste en la apertura a mano de las grandes balas de algodón, en despojarlas de toda la materia no aprovechable y en esponjarlas a golpes. En las fábricas japonesas a este tipo de labor se destina casi exclusivamente a las señoritas contratadas, porque estas son las únicas obedientes, las únicas que hacen un trabajo que todas las demás se niegan a hacer. Aquí da igual la ropa que vistan, que en un momento acabara teñida de color blanco sucio. Los demonios del algodón, amantes de atormentar a los humanos, juegan a meterse en todos los agujeros, no respetan ni nariz, ni orejas, ni boca, ni ojos; cubren las pestañas, las cejas y el pelo de las que se atreven a entrar en su reino. Lo normal entre las chicas dedicadas a esta labor es no tener buen aspecto y los expertos dicen que la razón es que por cada semana de trabajo, se calcula que se acumula en los pulmones algo más de un gramo de este polvo textil.

La humedad, el último de los tres tormentos de las trabajadoras, amenaza especialmente de aquellas que trabajando en la zona de estirado y tejido de la tela, pasan todo el día entre paredes cubiertas por moho amarillo y una atmósfera saturada de vapor de agua. De acuerdo a las características del material, en el que grado de humedad es directamente proporcional a capacidad tensil, o por decirlo sencillamente: cuanta más humedo el hilo se rompe con menos facilidad, en cada uno de los trenes de hilado se instala un vaporizador y sobre las cabezas de las máquinas tejedoras se equipa una boca que expulsa sin pausa una niebla que lo cubre todo. Si estiramos el brazo no vemos nuestros propios dedos, incluso si tenemos a alguien enfrente ¡Tampoco lo podremos ver! Cualquier arañazo, herida, incluso una picadura de mosquito se ulcera con facilidad. Como es trabajar aquí en pleno verano, cuando la temperatura alcanza en el interior los 45 grados, no es fácil de imaginar para los que no hemos tenido que hacerlo.

Nos habremos hecho una idea del desgaste sufrido por cualquier mecanismo de carne y hueso obligado a trabajar bajo estas condiciones, especialmente en el turno de noche, en el que a estas amenazas artificiales para el correcto funcionamiento se le une la natural del sueño. Por supuesto, ni el cansancio ni la somnolencia tienen cabida en la fábrica moderna, y son evitadas por la vigilancia feroz y la pronta represalia sobre la que, por falta de concentración o esfuerzo, permita la rotura de una pieza de tela, coloque incorrectamente los carretes de hilo o sencillamente permita una acumulación de material en su puesto. Hay que decir que en estos últimos años, las palizas han ido reduciéndose gradualmente, pero este avance solo ha beneficiado a las trabajadoras externas, ya que estas pueden devolver golpe por golpe el castigo que sufren dentro de la fabrica en el exterior de ella, con la ayuda de unos amigos y familia siempre dispuestos a corregir los excesos de carácter de sus superiores. Pero las chicas contratadas carecen de amigos, o de ayuda, y cualquiera puede abusar de ellas, cualquiera puede maltratar a este escalafón de lo más bajo entre lo bajo, y estas se convierten en el objetivo del genio y las amenazas y los golpes de los capataces y de las jefas.

En la fábrica para penalizar la indolencia entre las trabajadoras, se cuenta con estos tres tipos de medidas: castigo físico, multa o despido temporal. Para los dueños de las trabajadoras contratadas los dos últimos tipos de castigo resultan en una merma de sus ganancias, cada multa repercute en sus beneficios y el despido temporal no solo supone el cese de ingresos, sino la carga de seguir alimentando -un cuenco de arroz por comida, tres comidas al día- a la parada. Ni que decir tiene, los jefes de cuerdas de trabajadoras contratadas prefieren que se aplique entre sus chicas el primero de los métodos de castigo, la paliza. Cuando visitan al director de la fabrica en las fiestas de fin de año, tras la entrega de regalos, los cuerdas piden muy educadamente que esto se tenga en cuenta.

-Por favor, hágase cargo de mi situación, si mis chicas se portan mal, péguelas, si las tiene que matar a golpes, mátelas, pero hágame este favor, no las multe, y por lo que más quiera, ¡No me las deje sin trabajar!-

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Si hay que matarlas a golpes, mátalas. Bajo estas circunstancias, las muchachas reciben palizas un día sí y otro no. En cierta ocasión, una de las contratadas a la que las reprimendas no habían conseguido remediar de su reiterada falta de esfuerzo, estaba siendo golpeada por los capataces… En aquel momento quiso la fortuna que una señorita de ultramar, familia del dueño japonés de la fábrica, se encontrara de paseo en la factoría y sorprendida por la saña con la que se golpeaba a la pobre chica, afeo la brutal conducta de la jefa de planta. Quien sabe si aquel tipo de castigo tan poco civilizado la disgustara, quien sabe si quería educar a sus subordinadas en métodos punitivos apropiados, acercándose en persona hasta la pobre tirada en el suelo, puso su mano en la oreja de esta y de un tirón la obligó a arrastrarse hasta la toma de agua más cercana y la hizo quedarse en pie, cara a la pared. La jefa las seguía obedientemente y rauda comprendió que es lo que se esperaba de ella, agarrando una de las tapas del hidrante que estaba abandonada en el suelo.

-Esta señorita no se comporta nada bien ¡Que vaga!- Declamó la japonesa entre carcajadas. A lo que la jefa respondió, con tono y porte de institutriz aprendidos con objeto de complacer a su ama -Sostener esta tapa sobre su cabeza la enseñara que no se debe remolonear en la labor-

Este castigo, adecuado en una fábrica civilizada, puede alargarse durante más de dos horas, en las que no se permite ningún movimiento, y que son restadas del salario diario, si esta reducción de los ingresos es castigada por su jefe con una nueva paliza, eso es asunto de cada cual…

¡Oh cruel Edipo de metal! Mecánico mecanismo obsesionado por destruir la semilla que te ha engendrado, así esclavizas a las débiles y a las desesperadas.

Dulces corderitas como pompones de algodón ¿Podréis dormir al fin? ¿Seguiréis trabajando en sueños, turbina tras turbina tras turbina os turbarán aún en brazos de Morfeo?

De todo lo que las depara su destino daremos cuenta en el próximo, y último, capítulo de Las que tienen que servir, el desenlace que no se querrán perder del folletín que sus amigas se arrepentirán de haberse perdido.

¡Les esperamos!

1Si, no hay cuarto grupo, el cuatro es un numero de mal augurio para los chinos ya que en su idioma cuatro si4 suena muy parecido a muerte si3.

2El vendaje de los pies, para conseguir lo que se llamaba pies de loto, fue una costumbre que se llevo a cabo entre familias campesinas hasta el siglo XX, dicha modificación corporal por un lado aumentaba el valor, como objeto de casamiento, de la niña y por otro era un vestigio de unos días de cierta prosperidad hace mucho tiempo pasados.

3En el Shanghai colonial, y supongo que por influencia inglesa, era de buen tono contar con hindúes como guardias de seguridad en la entrada de fabricas y otros edificios, su fiera estampa tocada con turbante y barba dejaron una profunda impronta en el imaginario shanghaines.

En el anterior capitulo dejamos a nuestras niñas en cruel intersección, en manos de malvado villano sicario de C.A.P.I.T.A.L. Sociedad Limitada, volvemos a la historia que las ha traído, desde el hogar devastado hasta factoría textil en la que han de descubrir que la gran ciudad, oh ramera inmoral, no es como se la han pintado. ¿Resuena este folletín en su corazón arrasado por promesas de prosperidad y de puestos destacados?

Y sin más preámbulo pasamos a la segunda parte de este serial que esperamos les esté agradando.

Las que tienen que servir (II)

Traducción de Míster Holmes, del original 包身工 de Xia Yan.

Justo pasadas las cuatro y media de la madrugada, cuando la escasa luz no arroja sombras y la última estrella aún no se ha apagado, los callejones entre los edificios residenciales de estilo de ultramar que alojan a nuestras señoritas invitadas desde el agro, ya están llenos. Recibidas por esa brisa fresca y cargada de un poco de humedad con la que tan habitualmente el cielo bendice a los habitantes de la ciudad levantada entre canales y aguas estancadas, se arremolinan alrededor de los grifos allí instalados, se gritan entre ellas, se lanzan agua unas a otras y se intentan quitar las fibras de algodón que forman nudos en su pelo entre tirones de peine desdentado. Mientras el jefe o alguno de sus capataces las vigila, apoyado indolente a un lado de la puerta y sujetando un fajo que contiene los documentos de identificación de sus trabajadoras, dándose aires de taquillero de estación ferroviaria situada en un país de fabula solo poblado por niñas.

En el interior del edificio tras limpieza general consistente en colgar de las paredes las esteras que sirven como colchón a sus moradoras, todo esta dispuesto para el desayuno. Mise en place de unas decenas de cuencos y un puñado de palillos distribuidos rodeando desenfadadamente una gran olla llena de unas –ligerísimas– gachas de arroz. La ración establecida es de tazón por trabajadora, de lo que por las mañanas y noches son gachas y al mediodía arroz digamos que blanco, refrigerio este último que se reparte en la fabrica para más comodidad de las niñas. De receta en absoluto vulgar, las gachas se componen de una pizca de granos de arroz, un puñadito del socarrado que se pega a la olla y un toque de poupurrí de trozos de arroz roto y otros ingredientes secos, que se complementan con generosa ración de esos restos de tofu que allá en el pueblo se usan para alimentar a los cerdos. ¿Añadir a la receta verduras? En estos ambientes se consideraría verdaderamente extravagante, pero se conoce que entre los jefes de la especie benevolente, estos gustan de recorrer los mercados para encontrar las hojas de remolacha, zanahoria y apio más en flor, que sumergidas en una delicada salmuera habrán de servir de delicatessen para sus empleadas.

El salón comedor solo cuenta con dos bancos para sentarse, pero aunque contara con más, las dependencias son obviamente insuficientes para recibir a las treinta comensales que justo en este momento entran en enjambre, haciéndose con un cuenco y que tras catar el manjar con desparpajo lamiendo los pegotes del mismo que han rebosado desde la olla sobre la mesa, presentan su tazón, que comen en cuclillas o de pie aquí y allá. Algunos días, como el cumpleaños de la jefa o el jefe o el día de paga, la ración puede ser más abundante, otros días las que entran tarde en el comedor por ser su turno de limpiar las habitaciones o vaciar las letrinas, se encuentran con una olla vacía. Sus quejas mueven a la jefa a rascar cualquier resto que se pueda haber quedado pegado en la olla y tras añadir algo de agua fría y mezclarlo todo, vuelve a colocar enfadada la olla frente a estas herramientas baratas, cuyo mantenimiento considera que no debería ser tan oneroso.

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-¿Otra vez haraganeando? Cuando acabe contigo vas a tener motivos de veras para no levantarte ¡Así aprenderás!

Tras la gran huelga1 y la aparición de movimientos que dicen defender lo que ellos llaman los derechos de los trabajadores, los propietarios han descubierto súbitamente una nueva consideración por las necesidades de esta maquinaria barata de manufactura china. Según se dice, el cambio obedece a razones puramente empresariales, al fin y al cabo el material con la que están construidas es débil carne y hueso, por lo que si son sometidas al estimulo de las mayores privaciones, han de responder descubriendo en si mismas una capacidad productiva que nunca hubieran sospechado poseer.

Pero a veces se da que alguna de estas tontas topan con alguna de esas ideas raras que se han puesto de moda, y la influencia de estas ideologías, hace que ni siquiera matándolas de hambre se les puede obligar a trabajar. Por si fuera poco, en los últimos tiempos los obreros han empezado a cada vez en mayor numero abandonar la fábrica Las razones, sean cuales sean, son desconocidas para los propietarios, maldita la falta que hace perder el tiempo en estas averiguaciones. Cierto experto con gran experiencia, sostiene que es imperativa la mejora de las condiciones de trabajo, que el uso de la fuerza no puede acabar con las demandas de este movimiento que llaman del 30 de Mayo, y que si estas demandas fueran atendidas no sería necesario recurrir a la amenaza de la fuerza para mantener el orden.

¿Veredicto?

– No, de ninguna manera, aplicar estas ideas ridículas, ese benevolentismo (así han bautizado a esta teoría) a todas luces excesivo, no, no y no- La solución es seguir trayendo, a cada vez mas, de esas crías del campo, a esas trabajadoras contratadas, para sustituir a esos trabajadores por jornada tan preocupados por sus derechos.

En primer lugar, las crías pertenecen a sus cuerdas. Por un periodo -estipulado por contrato legal- de tres años liberadas de la libertad de “hacer” o “no hacer”. Y como cada día de su trabajo supone el usufructo de su jefe, en caso de enfermedad o indisposición, se puede contar con un adulto responsable que utilizará todos los medios para persuadirlas de la necesidad de mano de obra de la fábrica, ya sea con patadas o a palos.

Tomemos el ejemplo de esa (que es aplicable a otra cualquiera)… Una mañana especialmente fría, asustada por el intenso frío y por la mordedura del viento gélido que soplaba fuera, se arrastró hasta una de las esquinas de la habitación, se hizo un ovillo y ahí se quedó escondida. Al darse cuenta que la encargada de la olla no estaba en su puesto, y al responder sus compañeras de cuarto -Esta mañana de verdad que está muy mala- fue mandado el capataz a ver que pasaba. Los capataces son, si no familiares del jefe, matones y macarras locales de cierta reputación, ángeles exterminadores de barriada con potestad sobre la vida y la muerte de sus habitantes. En seguida se oyeron los quejidos de la cría, que haciendo gestos, intentaba comunicar que aquella mañana no tenía fuerzas e imploraba comprensión hacia la silueta del némesis que se recortaba en la puerta.

-Así que fingiendo estar enferma, aquí te traigo tu medicina-

Y la agarró del pelo tirando para levantarla, ante su negativa de pataleos y arañazos, recurrió a una patada, y luego, como marca la costumbre, a otra y otra…Pero la paliza se vio rápidamente detenida ¡Entre los gritos de dolor del macarra! Que se quejaba del daño que se había hecho pateando aquel saco de huesos puntiagudos, la resistencia fue finalmente sofocada cuando con mano ágil procedió a coger un cubo de agua que otra llevaba y lanzó su contenido sobre la cabeza de la enferma. El frío de invierno, la sensación del agua helada y la amenaza de otro remojón fue más de lo que podía soportar y se incorporó, recibida por una jefa que se reía enseñando mucho los dientes.

– Vaya con la enfermita, un poco de agua fría ha bastado para curarla.

Y este es un ejemplo como otro cualquiera.

lqs202 Segundo, están recién traídas del pueblo, la mayoría procedentes en origen de andurriales sobre los que los jefes ejercen un control casi total, al menos en lo que a la entrada y salida de información se refiere. Rodeadas por muros y carteles -zona de trabajo, prohibido el paso- estas señoritas de provincias quedan aisladas del mundo de ahí fuera, lo que ofrece solidas ventajas competitivas en la gestión de estos recursos casi humanos. De este modo, a las cinco de la mañana, con puntualidad británica se ve aparecer a la puerta de la factoría a estas cuerdas de trabajadoras, entregadas en mano por el propio jefe o alguno de sus capataces, de la misma manera son recogidas al toque de silbato de las seis de la tarde. Los resultados de esta estricta observancia de los procesos de higiene y esterilización en la manipulación de la mano de obra enlatada son evidentes, asepticamente protegidas del resto de trabajadoras y de las bocas siempre sucias de las vecinas, libres de toda influencia perniciosa o idea descarriante que pudiera producir fermentación o infección bacteriana del producto.

Finalmente y despues de todo son mano de obra barata. Traídas a la fabrica por su jefe son bautizadas con el nombre de aprendiz, significando su periodo transitorio en el que seran observadas y juzgadas deux ex machina, catalogada su valía productiva y confirmadas en el nombre de peón aquellas que se adapten a los procesos conformantes de la moderna producción en serie, a la Ford, convertidas ellas mismas de materia bruta a producto manufacturado.

A las primeras se les paga por sus jornadas de trabajo -de 12 horas- entre 10 y 15 céntimos de dólar, ocupándolas en limpiar el suelo de la fábrica, abriendo las balas de algodón, separando y limpiando de materia vegetal e impurezas, transportando el material hasta las máquinas sobre sus hombros después de haberlo preparado en fardos y en otros procesos para los que no es necesaria la posesión de técnica ninguna. Unas semanas después ya se consideran preparadas para accionar las maquinas que convierten la materia prima en producto de consumo y son asignadas a los trenes de apalizado, a las cardadoras, maquinas hiladoras y las bobinas que chum-chum-chum hacen girar el algodón sobre si mismo vuelta tras vuelta. En países extranjeros el desbroce de las balas, el esponjamiento del algodón y el trabajo en los largos trenes que preparan el material golpeándolo mecánicamente esta reservado a obreros de sexo masculino, en Shanghai, los propietarios no son observantes de estos preceptos prejuiciosos e inferencias gubernamentales, no considerando que sean labores fuera del alcance de una niña china en perfecto uso de casi todas sus facultades, lo que añade a la satisfacción de romper viejas convenciones obsoletas la del ahorro, ya que lo mismo que puede hacer un obrero, lo hacen estas chicas por una tercera parte de su sueldo…

¡Ay, progreso! Que se te invoca solo cuando interesa, como se te usa y se te usa para convertir la tumescente carne en pulido material de oficina… Procesos manufactureros y mercantiles, origen y destino de hombres y mujeres de los siglos que empiezan por 2 ¿Lograreis hacer de estas brutas, sangre y barro procedente de la jungla, un solido mecanismo que no sufre si no es por falta de eficiencia?

Quedan invocados todos a seguir descubriendo la respuesta a este y más desconocidos aún por conocer en la siguiente entrega de nuestro serial art decó: Las que tienen que servir.

¡No se lo pierdan!

1Con la gran huelga me refiero a los sucesos del 30 de mayo de 1925, en los que tras la cuarta reunión nacional del comité del Partido Comunista, se produjo una manifestación contra el gobierno, las condiciones sociales y económicas y la agresión japonesa en el norte de China. La fecha de esta protesta dio nombre a la reacción social que se produjó contra el gobierno del Kuomintang -movimiento del 30 de Mayo- que daba fe de la brecha cada vez mayor entre el KMT y los comunistas y que terminaría en guerra civil.

Bien hallados, señoritos.

En este su blog, anunciamos complacerles con estreno de arrelatatada miseserie, que sin movernos sobre el mar, viajamos un siglo atrás en un DeDorian Grey, retrato del capital sin mascara de niu dial, de un Shanghai imperial, concesión internacional. Contemplamos, las miserias del pasado, ¿Presienten su conjugación presente? Acertaran, al concluir, que el futuro ya hubo estado.

Cuando lo futuro y el pasado que se cogen de la mano, entre chimeneas y humo describen un claroscuro de vidas de baratillo, producidas a porrillo en maquiladora infame, el foxcomm de los mil años que ríe que ríe desde su trono construido con mil manos de sangre, de sudor y lloros, vidas pagadas al peso y sueños que solo quedan en eso. Esclavos de deudas antepasadas y de postales del mañana, ayer, hoy y pasado, suena esta canción de nana, con la que bebotes convierten, gordos rostros sonrientes, a su reflejo enfrentados…¡Lean y conozcan hermanos!

Las que tienen que servir, folletín por entregas.
Traducido de aquella manera del original(包身工)de Xia Yan por su querido Mister Holmes.

Ya estamos a mediados del cuarto mes, como se contaban antes, 4 de la mañana y cuarto, cuando el lucero ya ha desaparecido entre las débiles nubes que pasan y es la hora en que las celdas, como de colmena, del taller empiezan a, crep, crep, crep, crep, crepitar.

Cortando ya, fuera de la cama, levantaos.

Grita como enfadado un hombre vestido con unos pantalones casi cortos y una camisa de verano, da igual que sea invierno, otoño o primavera.

Tú, a la cocina, ¿Como, aún tumbadas en la cama? Venga, arriba cerdas.

En el cuarto del taller de dos metros de ancho y cuatro de largo, en el que seis o siete cerdas se tumban de cualquier manera, entre ruidos amenazantes, olor a sudor, a excrementos y a humedad, se levantan rápidas y agitadas, como si fueran abejas al notar que alguien está moviendo su colmena. Suspiros, bostezos, encuentra la ropa, ponte por equivocación los zapatos de otra, sal entre los gritos de los cuerpos que vas pisando y mea en el orinal que está a menos de un pie de las cabezas de las que aún están tumbadas. La timidez que atribuyen los mayores a las niñas, entre estas, a las que llaman cerdas, hace mucho que se ha perdido. Se pelean por el orinal, los pantalones en la mano, salen medio desnudas, se visten delante del hombre y de todas, solo cubriéndose un poquito.

Este hombre, que entrando en las habitaciones, vigorosamente despierta a las más perezosas a patadas, de un salto se planta en la escalera y grita en dirección a la piara que aún está en el piso de arriba.

-Ahora veréis, ¿Todavia no estáis de pie? Bichos perezosos ¿Hoy habéis decidido despertaros a mediodía?-

Una maraña de pelo, un pie sin zapato, abotonándose la camisa con una mano, quitándose las legañas, los bichos pasan, lanzándose escaleras abajo. Llegan a unos grifos, en los que una multitud de ellas ya se está empujando y dando codazos, se restriegan la cara con un poco de agua. Aquella a la que han llamado tú da, nerviosas vueltas a unas gachas de arroz, que calienta en una gran olla, y cuando un humo espeso empieza a salir de ella, comienza a toser violentamente. Tendrá quince o dieciséis años, y porque cuando nació sus brazos y piernas eran tan delgados, sus padres la llamaron junco ¿Pero qué más da, si eso, ademas de la jefa, no lo sabe nadie?

Esta es la fábrica japonesa de tejidos de la calle Fulin, Yang Shupu, ciudad de Shanghai. Delimitado su perímetro por un rectángulo de muralla de ladrillo rojo, aislado del mundo, bien definidos sus bordes, que se encuentran situados entre un canal de agua y una acumulación larga y estrecha de viviendas. A cada lado ocho filas, cinco bloques en cada fila, hacen un total de ochenta barracones de dos pisos que recuerdan al paseante a un palomar, entre arriba y abajo cada barracón contiene unas 30 de las que la jefa llama, unos días bichos y otros cerdas. Así que, si no contamos a las jefas, a los jefes, a la familia, a los capataces de camisa de verano y a los que vigilan en la puerta, dentro del perímetro de la muralla de ladrillos vivirán, unas 2000 cerdas que, vestidas con harapos, fabrican la tela con la que se hará la ropa que vestirán otros.

Pero ni cerdas ni bichos es su nombre oficial. De acuerdo a los papeles, estas son trabajadoras contratadas, unidas por acuerdo de fabulosa especie a un jefe, convertido en virtud a estas misteriosas artes en dueño y señor de lo que llaman una cuerda de obreros, y al que por este nombre se conoce.

Cada año, especialmente en época de sequía o durante las inundaciones, estos cuerdas, cuyo honor y sustento en la vida es el ser hombres y mujeres de confianza del empresario extranjero, recorren de propio pie o destinan embajadores a visitar las zonas afectadas por la catástrofe, que en muchos casos conocen bien por haber venido, en primer lugar, ellos desde ellas a la gran ciudad, y en segundo, por haber sido allí donde durante años han pulido unos picos de oro capaces de convencer a los brutos de que este trozo de madera que ve, en realidad está hecho del más precioso metal, boquitas con las que cosechan el preciado fruto, entre unos paisanos sin fuerzas para criar a sus hijos y sin valor para dejar morirlos de hambre.

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Y me quedo corto, residencias construidas al estilo occidental, todos los días carne y pescado, descansando todas las semanas, y no un día, dos como se lleva en el extranjero, no vean como se lo va a pasar, edificios de treinta plantas, autobuses de dos pisos, de todo, de to do, que no vean lo que traen de más allá del mar, que cosas más bonitas como no las había visto yo en la vida, ni se lo imagina, que ingenio, que inventiva ¡Paisano! Usted también debería ir a verlo, por lo menos una vez en la vida.

Mire, firme aquí y me ocupo de ella tres años, el dinero que ganen se lo traen de vuelta, a dólar1 el día que trabajan, haga cuentas, a esa ni aunque me lo pida de rodillas, a usted se lo ofrezco porque somos como parientes, vaya, que hay confianza.

Me la llevo y…. ¿Qué problema podría haber? Ya me conoce, aquí estoy como en mi casa, y para lo que necesite aquí me tiene.

Mientras así hablan, la pobre chica que les escucha mientras muerde unas hierbas, o un trozo de corteza, o cualquier cosa con lo que se le ocurra engañar el hambre, no dice ni pío, no vaya a ser que sus padres se acuerden de culparla de todas sus desgracias. Y así, redactado el contrato del trabajador, queda firmado con una cruz, los gastos ascienden a 12 dolares, aquí lo pone, la duración de tres años, aquí, se incluye la formación, el alojamiento, el transporte, y dios no lo quiera, cualquier gasto por enfermedad o fallecimiento del trabajador, primero me paga 10 dolares, que lo demás ya lo podremos arreglar siendo como somos casi parientes.

Trato hecho y pierda cuidado, que ningún problema puede haber habiendo firmado un contrato.

Las 2000 contratadas de la fábrica de la calle Fulin, se reparten entre algo más de 50 cuerdas, a los que obedientemente sirven como herramientas de generación de ingresos. Consecuentemente, el número de trabajadores de su cuerda también sirve como símbolo de estatus y representación del bienestar y el triunfo empresarial de cada uno de los jefes. Los que menos, se tienen que conformar con treinta o cuarenta, los que más, exhiben sus cuerdas de más de 150 trabajadores. Estos últimos, los peces más gordos, también se dedican a la extensión de prestamos, a la inversión en bienes inmuebles, la construcción, la gestión de casas de te, saunas, peluquerías y compra ventas de toda clase.

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La empresa de tejidos japonesa, alquila a razón de 5 dolares al mes cada uno de sus barracones a los jefes, los jefes dentro de estas residencias de estilo occidental, que recuerdan a palomares, instalan unas 30 de sus máquinas-herramienta semovientes de generación de ingresos, estas residencias no cuentan con lo que en las viviendas normales de similares proporciones se conoce como puerta principal, sino una pequeña puerta como las que se suelen usar como puertas traseras. En las columnas que la bordean, se clava un tablero de madera sobre el que se escribe, usando caracteres extranjeros “Chen Yongtian, Taizhou”, “Xu Fuda, Weiyang” o como sea que se llame el arrendatario y cual sea su lugar de origen. Sobre la puerta, acostumbran a pegar pegar carteles de papel color rojo como los que se usan en año nuevo, sobre los que se recortan lingotes, trigramas y otros símbolos de buen augurio entre frases auspiciosas… “El bisabuelo Jiang2 vive aquí y perdona todas nuestras ofensas”… “Caminamos por el camino de la virtud3 y nada entorpece nuestros pasos”… Que no se sabe si son signo de orgullo dirigido a otros o de sarcasmo contra si mismos…

Sucio, miserable laoban ¿A que sevicias y vicisitudes someterás a nuestras queridas señoritas?… Pobres chicas ¿Habréis de conocer la prosperidad, la felicidad y los autobuses de dos plantas?

Descubranlo, mis queridos, en el próximo capitulo de Las que tienen que servir, el folletín favorito que les ofrece su blog preferido.

1Lo que traduzco como un dólar en realidad se refiere en el original como un yuan extranjero, medida de valor más o menos fijo que incluía todas las monedas acuñadas en plata de similares medidas que circularon por Shanghai a principios de siglo, las más habituales eran el dólar y la libra de comercio internacional de la ceca de Borneo. Los diferentes gobiernos provisionales que se establecieron tras la caída de la House of Qing también acuñaron monedas de similares características, cuyas imitaciones se pueden encontrar en cualquier puesto de antigüedades de la ciudad.

2Figura mística, basada en sabio de carne y hueso, arquetipo de la benevolencia al que se le invocaba para perdonar todas las ofensas y violaciones de las buenas costumbres que el invocante hubiera podido cometer

3 Se refiere a li (礼) el código de conducta y etiqueta establecido por la escuela de Confucio.

El viernes pasado tuve mi primer encuentro con el mundo del crimen y el delito aquí en la Perla del Oriente. No te preocupes madre, que la cosa acaba bien y fue bastante gracioso en el fondo.

Venía yo muy contenta de tomarme una cerveza en el ghetto internacional de Yongkang Lu (un sitio curioso que merece un post aparte) con el Sr. Creus y el Sr. Muñoz, pensando en cenar algo si Pablo Laopan estaba despierto y en lo mucho que me agobia tener que coger el metro en Rénmín Guǎngchǎng  (también conocida como People Square, y en círculos hispanohablantes como La Plaza del Pueblo, en honor al mítico tema de Tequila).

Para poneros en situación: el intercambiador de People Square es un asco de sitio, espantosamente grande, muy mal diseñado y lleno de gente con una prisa horrible. Recuerda una barbaridad a los hormigueros furiosos de Cuando ruge la marabunta, pero en deprimente y con empujones de los que duelen. Yo por no tener que pasar por allí pago dinero, o al menos me desvío un par de estaciones para coger la línea 3, que está mucho menos frecuentada y además no es subterránea (y esto si te gusta leer y los paisajes de rascacielos envueltos en niebla y neones siempre es un plus), pero se acercaban las once de la noche, que es cuando el metro se convierte aquí en calabaza, y como no me la quería jugar,  me decidí a coger la línea 8 en People Square.

Y allí estaba yo, en el andén del metro, rodeada por otras mil personas con ganas de llegar a su casa, comiéndome empujones con el bolso al hombro. Consigo introducirme en el vagón, me doy la vuelta y me encuentro el siguiente cuadro: 

Un tipo, en la segunda fila de chinos ansiosos por subir al vagón, sustraía con infinita delicadeza, cuidado y absoluta concentración, mi preciado monedero del bolso. Dada la naturaleza del monedero (enorme y lleno de lentejuelas negras), la mano contorsionada por encima de todas las cabezas orientales, la cara de estar operando a corazón abierto y sobre todo la velocidad de grabación hiperlenta, como a 240 fotogramas por segundo, del evento, resultaba todo más bien ridículo.

Pero me estaban robando, y reaccioné… Muy despacito, con la misma calma pasmosa, le quité el monedero de la mano, lo guardé en el bolso, sonreí y le dije a grito pelado, en perfecto y sonoro castellano:

– PEEEEEEERO TÚ DE QUE VAS, LADRÓN, PAYASO, DESGRACIADO. TE VOY A MATAR!

Una chica que iba a mi lado puso una cara tal que así:

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El tipo se retiró muy lentamente, las puertas del metro se cerraron y le dije a la chica

-¿PERO TU HAS VISTO QUE CARA MAS DURA? ESTO ES INCREIBLE.

Y ella hizo otra vez

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Supongo que habréis oido mil veces esa frase de Carlos I de Xībānyá y V de Déguó : “Hablo en italiano con los embajadores; en francés, con las mujeres; en alemán con los soldados; en inglés con los caballos y en español con Crom.” El Xibanyol también es perfecto para insultar a ladrones y quejarse, os lo puedo jurar.

Aquí el cuerpo del delito

 


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Tengo que reconocer que la primera vez que me robaron en Madrid, por muy estúpido que os parezca el comentario, me hizo cierta ilusión, por motivos de integración principalmente, que te roben la cartera en Madrid es casi un rito de iniciación. También una putada, obviamente, pero no conozco a ningún madrileño que no haya sido atracado, robado o perseguido por skinheads o miembros de otras tribus mas o menos descerebradas y que no lo cuente con cierto orgullo callejero, o al menos como una anécdota graciosa (algunas realmente muy graciosas) sin ningún tipo de drama de por medio. Citando a un amigo mío, “…Antes aquí el chandal de yonki era como el traje regional.”

Sin embargo, que te roben la cartera en una ciudad en la que la policía viaja en carritos de golf, es definitivamente de panoli, Laowai culogordo tenía que ser, aunque hasta cierto punto, que haya sido a cámara lenta, con lentejuelas de por medio y sobre todo que haya pillado in fraganti al infractor, restaura de alguna manera mis puntos de autoestima y la cosa se queda más o menos como estaba.

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