¡Hambre! ¡Humillaciones! ¡Horror! Arrancadas del famélico pecho de sus madres, arrojadas al metálico vientre de la bestia que se alimenta de carne ¡Humana! Es la naturaleza del lobo, del jefe al que el populacho llama cuerda, que arrastra tras si el ¡Holocausto! que ofrecerá a las chimeneas humeantes a cambio de vil metal…

¿Qué espera a nuestras niñas detrás de la puerta oxidada?

Lo hemos de descubrir en esta tercera entrega de Las que tienen que servir, tal fue narrado por Xia Yan y tal acertó a traducir su querido Mister Holmes.

Las que tienen que servir /3

Las cinco de la mañana en punto, la primera llamada a las obreras ya suena con violencia, las puertas del edificio de ladrillo rojo cubierto por techo de lata se abren, la manada de esclavas desposeídas -incluso de cadenas- entran como pollos en un corral, empujándose sin orden. Cada cual con su cartilla de identificación en la mano, hablando poco y con desgana. Pasada la puerta, la corriente humana se divide, primer grupo a la izquierda, segundo, tercer, quinto y sexto grupo a la derecha1. Antes de haber recorrido cien pasos, se unen al río de las trabajadoras no contratadas, a jornal, o externas, que trabajan con ellas en la fábrica y que también están entrando ahora. Pero aunque fluyan en la misma dirección, la división entre ellas es evidente en la ropa, que las trabajadoras a jornal llevan, más o menos, un poco más cuidada, lo normal entre estas es vestir un qipao y unas zapatillas de goma, amarillas o azules, y a las de dieciocho o diecinueve años, les gusta arreglarse con un poco de maquillaje para parecer más blancas, incluso hay la que se adorna con un ondulado de peluquería.

Ninguno de estos lujos son para las trabajadoras contratadas, que visten sin excepción ropas escuetas, gastadas y sin forma, arriba una camisa sucia de desvaído color verdoso pantano, o verdoso hoja de loto, abajo visten falda de color verdoso sauce o negro apagado, pelo largo, recogido en coletas, zapatos viejirrotos de tela basta y pies vendados según la antigua costumbre2 que impide que estos se desarrollen con normalidad, dotan a todo el conjunto de un aire trastabillante a la ida y vuelta de la fábrica.

Fuera del trabajo las dos clases raramente se mezclan entre si: pueblerinas, carentes de educación, cerebros de barro rellenos de estiércol y paja y acentos que las demás no tienen manera de entender; exceso de arrogancia, desprecio inmerecido por las otras y prejuicios inconscientes de las ciudadanas, son las razones que impiden que se desarrolle alguna cercanía entre ellas -Somos más libres que vosotras, tenemos más derechos- esto es lo que piensan algunas… aunque la libertad siempre vaya de la mano del hambre y esos derechos -a cambiar de trabajo, a pedir mejor sueldo-, nunca hayan sido usados.

El monstruo de ladrillo rojo abre la boca para recibir su alimento diario, los guardias hindus3 que vigilan las puertas de metal inspeccionan los documentos que acreditan que a la que se recibe es mano de obra certificada. A las chicas contratadas les basta con enseñar una cartilla de identificación impresa, las trabajadoras externas deben añadir a esta cartilla un permiso de trabajo con fotografía. El uso del permiso de trabajo es un requisito impuesto tras el incidente -que recibió el nombre de rojo– de hace una década, cuando todas las fábricas de tejidos de Shanghai se pusieron en huelga. Esta medida de seguridad es única de las factorías japonesas. Tanto en los telares chinos como en los ingleses es normal que los familiares de los trabajadores les sustituyan usando su cartilla de identificación cuando estos deben ausentarse, ya sea para estudiar o para cerrar algún negocio y en el interior de la fabrica no es raro ver a los hijos, de cinco o seis años, trabajando junto a los padres, aunque por supuesto estos “becarios” no reciben ningún salario.

Telares produciendo rollo tras rollo de tejido, lineas de producción que tejen y tejen medias, incesantes al servicio de la felicidad satinada y confortable del consumidor, pero -¿Y el proceso?- Convertir el algodón en dinero, no tiene nada de feliz, ni de satinado, ni de confortable. Ruido, polvo y humedad, estos son los tres compañeros y las tres amenazas de las trabajadoras.

Los pasajeros del tranvía, a su paso por Yang Shupu pueden escuchar a su izquierda y derecha, procedentes de las fábricas textiles, una especie de shashashasha como de lluvia cayendo sin parar, mezclado con un longlonglong que recuerda al sonido de un trueno, según nos acercamos la violencia del sonido crece y crece ¿Llegara a parar?… No, seguirá atontando, entumeciendo sus tímpanos, el ladrido de los motores, el golpeo de las cintas sobre el algodón, el ruido del giro de los ejes, el rechinar de las ruedas dentadas, empujándose unas a otras… Sonidos chirriantes, martilleantes, rechinantes, perforantes forman un magma igigcrucruchukluduble que parece como que extrae todo el aire del interior de la nave, que absorbe todo el espacio haciéndola más y más pequeña y aplastando a sus ocupantes contra el suelo.

Las capataces y las encargadas, cuando quieren dar sus ordenes a las trabajadoras, no usan palabras ni gestos, solo el sonido de los silbatos que sujetan en la boca es capaz de romper el velo de ruidos nerviosos que cubre a las que trabajan entre las máquinas

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El polvo. Entre la limpieza y tejido del material se provoca el vuelo de incontables partículas y fibras de algodón, las chicas que barren el suelo lo hacen con escobas que, cubiertas por trocitos de algodón, acaban pareciendo fregonas. Las que andan entre los callejones -así se llama el espacio entre las lineas de máquinas de hilado- lo hacen como en una fina nevada que vuelve a cubrir el suelo nada más acaban de barrer. En la zona de apertura, ablandado, limpieza y cardado de los fardos de material… el trabajo aquí consiste en la apertura a mano de las grandes balas de algodón, en despojarlas de toda la materia no aprovechable y en esponjarlas a golpes. En las fábricas japonesas a este tipo de labor se destina casi exclusivamente a las señoritas contratadas, porque estas son las únicas obedientes, las únicas que hacen un trabajo que todas las demás se niegan a hacer. Aquí da igual la ropa que vistan, que en un momento acabara teñida de color blanco sucio. Los demonios del algodón, amantes de atormentar a los humanos, juegan a meterse en todos los agujeros, no respetan ni nariz, ni orejas, ni boca, ni ojos; cubren las pestañas, las cejas y el pelo de las que se atreven a entrar en su reino. Lo normal entre las chicas dedicadas a esta labor es no tener buen aspecto y los expertos dicen que la razón es que por cada semana de trabajo, se calcula que se acumula en los pulmones algo más de un gramo de este polvo textil.

La humedad, el último de los tres tormentos de las trabajadoras, amenaza especialmente de aquellas que trabajando en la zona de estirado y tejido de la tela, pasan todo el día entre paredes cubiertas por moho amarillo y una atmósfera saturada de vapor de agua. De acuerdo a las características del material, en el que grado de humedad es directamente proporcional a capacidad tensil, o por decirlo sencillamente: cuanta más humedo el hilo se rompe con menos facilidad, en cada uno de los trenes de hilado se instala un vaporizador y sobre las cabezas de las máquinas tejedoras se equipa una boca que expulsa sin pausa una niebla que lo cubre todo. Si estiramos el brazo no vemos nuestros propios dedos, incluso si tenemos a alguien enfrente ¡Tampoco lo podremos ver! Cualquier arañazo, herida, incluso una picadura de mosquito se ulcera con facilidad. Como es trabajar aquí en pleno verano, cuando la temperatura alcanza en el interior los 45 grados, no es fácil de imaginar para los que no hemos tenido que hacerlo.

Nos habremos hecho una idea del desgaste sufrido por cualquier mecanismo de carne y hueso obligado a trabajar bajo estas condiciones, especialmente en el turno de noche, en el que a estas amenazas artificiales para el correcto funcionamiento se le une la natural del sueño. Por supuesto, ni el cansancio ni la somnolencia tienen cabida en la fábrica moderna, y son evitadas por la vigilancia feroz y la pronta represalia sobre la que, por falta de concentración o esfuerzo, permita la rotura de una pieza de tela, coloque incorrectamente los carretes de hilo o sencillamente permita una acumulación de material en su puesto. Hay que decir que en estos últimos años, las palizas han ido reduciéndose gradualmente, pero este avance solo ha beneficiado a las trabajadoras externas, ya que estas pueden devolver golpe por golpe el castigo que sufren dentro de la fabrica en el exterior de ella, con la ayuda de unos amigos y familia siempre dispuestos a corregir los excesos de carácter de sus superiores. Pero las chicas contratadas carecen de amigos, o de ayuda, y cualquiera puede abusar de ellas, cualquiera puede maltratar a este escalafón de lo más bajo entre lo bajo, y estas se convierten en el objetivo del genio y las amenazas y los golpes de los capataces y de las jefas.

En la fábrica para penalizar la indolencia entre las trabajadoras, se cuenta con estos tres tipos de medidas: castigo físico, multa o despido temporal. Para los dueños de las trabajadoras contratadas los dos últimos tipos de castigo resultan en una merma de sus ganancias, cada multa repercute en sus beneficios y el despido temporal no solo supone el cese de ingresos, sino la carga de seguir alimentando -un cuenco de arroz por comida, tres comidas al día- a la parada. Ni que decir tiene, los jefes de cuerdas de trabajadoras contratadas prefieren que se aplique entre sus chicas el primero de los métodos de castigo, la paliza. Cuando visitan al director de la fabrica en las fiestas de fin de año, tras la entrega de regalos, los cuerdas piden muy educadamente que esto se tenga en cuenta.

-Por favor, hágase cargo de mi situación, si mis chicas se portan mal, péguelas, si las tiene que matar a golpes, mátelas, pero hágame este favor, no las multe, y por lo que más quiera, ¡No me las deje sin trabajar!-

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Si hay que matarlas a golpes, mátalas. Bajo estas circunstancias, las muchachas reciben palizas un día sí y otro no. En cierta ocasión, una de las contratadas a la que las reprimendas no habían conseguido remediar de su reiterada falta de esfuerzo, estaba siendo golpeada por los capataces… En aquel momento quiso la fortuna que una señorita de ultramar, familia del dueño japonés de la fábrica, se encontrara de paseo en la factoría y sorprendida por la saña con la que se golpeaba a la pobre chica, afeo la brutal conducta de la jefa de planta. Quien sabe si aquel tipo de castigo tan poco civilizado la disgustara, quien sabe si quería educar a sus subordinadas en métodos punitivos apropiados, acercándose en persona hasta la pobre tirada en el suelo, puso su mano en la oreja de esta y de un tirón la obligó a arrastrarse hasta la toma de agua más cercana y la hizo quedarse en pie, cara a la pared. La jefa las seguía obedientemente y rauda comprendió que es lo que se esperaba de ella, agarrando una de las tapas del hidrante que estaba abandonada en el suelo.

-Esta señorita no se comporta nada bien ¡Que vaga!- Declamó la japonesa entre carcajadas. A lo que la jefa respondió, con tono y porte de institutriz aprendidos con objeto de complacer a su ama -Sostener esta tapa sobre su cabeza la enseñara que no se debe remolonear en la labor-

Este castigo, adecuado en una fábrica civilizada, puede alargarse durante más de dos horas, en las que no se permite ningún movimiento, y que son restadas del salario diario, si esta reducción de los ingresos es castigada por su jefe con una nueva paliza, eso es asunto de cada cual…

¡Oh cruel Edipo de metal! Mecánico mecanismo obsesionado por destruir la semilla que te ha engendrado, así esclavizas a las débiles y a las desesperadas.

Dulces corderitas como pompones de algodón ¿Podréis dormir al fin? ¿Seguiréis trabajando en sueños, turbina tras turbina tras turbina os turbarán aún en brazos de Morfeo?

De todo lo que las depara su destino daremos cuenta en el próximo, y último, capítulo de Las que tienen que servir, el desenlace que no se querrán perder del folletín que sus amigas se arrepentirán de haberse perdido.

¡Les esperamos!

1Si, no hay cuarto grupo, el cuatro es un numero de mal augurio para los chinos ya que en su idioma cuatro si4 suena muy parecido a muerte si3.

2El vendaje de los pies, para conseguir lo que se llamaba pies de loto, fue una costumbre que se llevo a cabo entre familias campesinas hasta el siglo XX, dicha modificación corporal por un lado aumentaba el valor, como objeto de casamiento, de la niña y por otro era un vestigio de unos días de cierta prosperidad hace mucho tiempo pasados.

3En el Shanghai colonial, y supongo que por influencia inglesa, era de buen tono contar con hindúes como guardias de seguridad en la entrada de fabricas y otros edificios, su fiera estampa tocada con turbante y barba dejaron una profunda impronta en el imaginario shanghaines.

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