Hace unas semanas, mientras en Xipanya ejercíais vuestros simbólicos derechos a elegir alcaldesas y futuros sujetos de pactos entre ladrones y saltimbanquis, nosotros decidimos visitar una de las zonas turísticas digamos, oficiales, cercanas a Shanghai: el barrio viejo de Qibao (no confundir con qipao, la elegantosa prenda china tradicional)

Para llegar a Qibao hay que coger unos cuantos metros hasta donde Crom perdió el mechero; es un sitio que está lejos de todo y cerca del aeropuerto, y en ello reside parte de su encanto (la otra parte, en teoría, corresponde a sus pintorescos canales y casitas con tejados retorcidos estilo Ming) No esperéis encontraros de golpe con un encantador pueblecillo en cuanto salgáis del metro, dad un pequeño rodeo por las calles comerciales cercanas y ahí lo tenéis.


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Si estáis esperando algo radicalmente diferente a Hangzhou, el área de hutongs de Beijing o cualquier otra zona oficialmente turística en China, probablemente os llevéis una decepción. En  muchos aspectos, son todas exactamente iguales, pero aun así, es divertido echarles un vistazo y Qibao no es una excepción.

Como muchas de sus primas hermanas, ofrece lo que todo turista pueda desear: una Auténtica Cornucopia de souvenirs, monumentos, actividades más o menos asquibles y fritanga, aderezada con una enorme multitud.

Como veis, compañía no nos faltaba. Estaba literalmente atestado de gente pasando la tarde, muchas familias y muchísimos señores mayores en grupo, disfrutando del Lao Qibao y sacando fotos con el móvil de todo lo que se movía, incluídos nosotros.

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Entre otros  lugares de interés, podéis visitar un templo de hormigón no demasiado vistoso (si tenéis suerte, a lo mejor pilláis a los monjes en plena oración, con sus  hipnóticos cantos paganos), una estatua de Buda de sospechoso parecido a Jabba el Hutt, un pequeño museo dedicado a la caligrafía, o mi favorito, La Casa del Grillo, con una exposición de útiles dedicados a la lucha, mantenimiento y caza de estas pequeñas bestezuelas, y unos cuantos ejemplares,  sorprendentemente grandes (y presumo, belicosos) conservados en formol. Hulk Hogans de la lucha de grillos, por llamarlo de alguna manera.

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Entre monumento y monumento, podéis dar una vuelta en barco por los canales que rodean el barrio, tirar con un arco tradicional por un módico precio, pintar una figurita de escayola con un montón de niños, haceros una piscipedicura con peces garra rufa (esto lo recomiendo especialmente, si no tenéis demasiadas cosquillas) o conseguir alguno de los muchos souvenirs y quincalla que se venden en distintos puestos y tenderetes: un bonito qipao, una taza revolucionaria, algún libro antiguo, un buda gigantesco, una diadema FEMEN Infantil…

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También había unos cuantos puestos de artesanos, como este señor que construía lo que parecía ser un cubo de enormes proporciones o quizás un pequeño apartamento de soltero.

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Este puesto, que prometía ilustraciones ochenteras con una disparatada cantidad de dimensiones, nos llamó especialmente la atención. Obviamente, justo al lado otro laopan ofrecía básicamente lo mismo con un número de dimensiones todavía mayor, y es que a los chinos a ostentosos no les gana nadie.

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Y es que aquí, muchas veces los números no tienen un significado literal, por ejemplo, si pides unos Tallarines con Siete tesoros, probablemente sólo te encuentres cuatro o cinco, y eso no quiere decir que te estén estafando, sino que la cifra es más bien simbólica, o poética. Siete viene a querer decir “unos cuantos” o “bastantes”, y de la misma manera 10.000, por ejemplo, quiere decir muchísimos, así que si visitais Tiannamen, no podéis tomaros por lo literal la pancarta que dice “República Popular China, 10.000 años”, como si fuese la fecha de caducidad de un yogur, porque lo que viene a decir es que si esperáis el final del comunismo en el País del Centro, es mejor que lo hagáis cómodamente sentados, porque la cosa va para largo.

De todas formas, el principal atractivo de Qibao no es la Casa del Grillo ni las sandalias tradicionales. Aquí a lo que viene la gente es a ponerse como el tenazas en los restaurantes e innumerables puestecillos de comida callejera que abarrotan las calles. No es que yo sea muy viajada, pero no he visto nunca disfrutar tanto a la gente comiendo como aquí, con la posible excepción de mi patria chica, el Planeta Axturies. En Qibao vimos a gente con las manos literalmente llenas de comida (cuatro pinchitos en una mano, y un merengue y un helado en la otra, por ejemplo) y expresión  de auténtica y extática felicidad (dónde meten todo esto que tragan es otro de los muchos misterios que ofrece el Zhong Quo, y que espero algún día me sean revelados).

 

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Y es que el País del Centro, en lo que a gastronomía se refiere, no tiene competencia alguna, y la comida basura no es una excepción, como veréis en las fotos.

Además de los pinchitos de prácticamente cualquier cosa,  encontramos una enorme cantidad de cosas fritas y empanadas (desde cangrejos y gambas a deliciosos pasteles de nabo rallado) ; tofu de todas las clases y variedades (incluyendo el infame tofu apestoso, tan apreciado en estos lares); merengues de durian; pastelitos de pasta de arroz y judía roja rebozados en polvo de cacahuete; galletas de frutos secos; rollitos de verduras envueltos en piel de tofu, crepes y panecillos de carne y verduras; huevos de codorniz asados en costra de sal; pollo deshuesado cocinado en cápsulas de arcilla; codornices, codillo y manos de cerdo asadas, dim-sums y empanadillas de toda clase, maíz hervido, espirales de patata frita pinchadas en un palo, brotes tiernos de bambú, zumos de sandia y coco recién hechos, fruta bañada en caramelo, melones pequeñitos con forma de Buda… Mal sitio este para estar a dieta, amigos míos.

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Después de picar algo y dar una vuelta por la zona oficial, descubrimos a un par de calles lo que probablemente fuese lo más interesante de la visita;  un área algo apartada que parecía ser una especie de barrio rojo. En teoría, la prostitución es totalmente ilegal en China y es raro que se ofrezca de forma explícita, como aquí ocurría, con sus dormitorios iluminados con bombillas rojas, aunque hay miles de salones de masajes que indican que oferta no falta, ni probablemente demanda (no tenemos fotos de esta zona, como reporteros aficionados que somos, cedemos elegantemente este tipo de material controvertido a los profesionales del periodismo que aquí trabajan)

También nos tropezamos con una campaña de protesta organizada por algunos vecinos, denunciando la especulación urbanística con las casas de la zona (¿os suena, xipanyoles?). Las pancartas dicen, entre otras cosas:

“Ésta sigue siendo nuestra tierra, éste sigue siendo nuestro país, gobernad según las leyes y que las leyes lleguen a todas partes”

“¿Dónde está la preocupación de nuetros gobernantes por los ciudadanos?”

“Sin dinero no hay demolición (sin dinero no nos movemos) 10 años reclamando nuestros derechos, 10 años de mentiras y corrupción”

“El tigre nos quiere fuera de aquí, la cartera del tigre reclama sus sobres”

Ésta última espero verla adaptada en la próxima manifestación de la PAH en mi país de origen, aunque lo nuestro mas que los tigres sean los buitres del Monfragüe.

 

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Lo cierto es que en medio de aquel caos, había efectivamente varias promociones de viviendas de lujo vacías esperando comprador. Como veis en esta foto, el encargado no estaba sufriendo un ataque de stress precisamente. En todas partes cuecen habas, y parece que Qibao no es una excepción.

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Y aquí acabamos por hoy. Hasta otra!

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