Ha llegado la primavera a Shanghai y eso, definitivamente, es buena cosa. No sólo porque por fin puedo salir a dar una vuelta por ahi, para que la gente me mire como si acabase de bajar de un platillo volante, sin tener que ponerme leotardos por debajo de los pantalones, sino también porque con el buen tiempo vuelven a aparecer en nuestras muy contaminadas y futuristas calles algunas de las cosas que hacen grande a esta ciudad, obviando su extensión y su disparatado número de habitantes.

La primera de las grandes cosas que han vuelto es la familia de gatos del huerto al jabón de Marsella. El invierno les ha sentado bien, porque se lo han pasado entero despanzurrando bolsas de basura en la calle para buscar restos de comida rápida, así que se han puesto hermosísimos. Ahora, cuando hace sol, se tumban a echar la siesta en el tejadillo de uralita como unas boas constrictor peludas y sólo se mueven para mirarnos con indiferencia y cierto malestar, cuando salimos a hacer malabarismos para tender la ropa o a limpiar las ventanas. Son la viva imagen de la felicidad primaveral.

La segunda, es que con el buen tiempo la gente se anima a ponerse sus mejores galas y Nanjing Lu y aledaños se convierten en una especie de pasarela de moda surrealista y llena de colores flúor, barrigas al aire y teñidos imposibles. Es muy divertido ver como las nuevas tendencias orientales se combinan con el estilo más bien rancio de los laowais culogordo, y si tienes un poco de suerte puedes hacerte con una colección de looks inolvidables, como el de esta chica que me encontré en el metro. Por respeto a su intimidad, voy a cubrir su mirada con un frame de Doraemon, el Gato Cósmico.

Look chino 2014

La tercera gran venida  ha sido la de las Señoras Que Bailan. No estoy hablando de ningún grupo de facebook formado por irónicos treintañeros submileuristas, sino de auténticos grupos de jubiladas chinas, que para prevenir los estragos de la artritis, se juntan en plazas y parques con un radiocasette a todo volumen para marcarse unos bailes. Verlas es un espectáculo maravilloso, que siempre consigue ponerme de buen humor.

No tienen ningún sentido del ritmo ni miedo al ridículo, ni falta que les hace y se pueden pasar horas enfrente del Vortice del Mal con sus pasodobles, su música tradicional o los grandes exitos de Millie Cyrus, en grupos que van de diez a cincuenta bailarinas o más. Son absolutamente adorables, y en mi opinión, una de las grandes maravillas de China, muy por encima de la Gran Muralla o la Ciudad Prohibida. No me importaría en absoluto que cegasen los Yuyuan Gardens con una generosa capa de cemento y les cediesen el espacio a ellas para practicar. Un bailódromo con bancos para que se sienten los espectadores y calefactores de gas para que podamos verlas también en invierno, eso es lo que nos hace falta en Shanghai.

Aquí os dejo un vídeo de señoras bailando hábilmente sustraído de ChinoChano, uno de los mejores blogs sobre China en habla hispana que se puedan encontrar en la red. No me digáis que no dan ganas de invitarles a café con galletas, o adopatarlas, o al menos darles un abrazo. Son las mejores.

Y para el final, el último gran reencuentro primaveral de este 2014: los vendedores de chuan. Los chuan son unas brochetas, del estilo de los pinchos morunos que se preparan en puestos callejeros desparramados por todo Shanghai.

Se cocinan al carbón, en una especie de barbacoas portátiles, bien untados de polvo de las cinco especias (y también picante, si quieres),  y son una delicia. Un montoncito de chuan con una cerveza son una cena estupenda y baratísima, y el ambiente de los puestos recuerda bastante a las fiestas de los pueblos de España en los 80, con sus mesitas desvencijadas, sus taburetes de plástico y sus vendedores vociferantes y sudorosos. Los cocineros abanican el carbón constantemente con paipáis y van cambiando las brochetas de sitio en la parrilla a toda velocidad, siguiendo algún ritual incomprensible para el profano, y que así los chuan queden al punto, crujientes por fuera y tiernos por dentro. Son unas máquinas y jamás se equivocan con los pedidos, por muchos comensales salivantes y hambrientos que haya esperando.

A diferencia de los pinchos y brochetas españoles, que suelen ser sólo de carne de pollo o de cordero, los chuan  se hacen con cualquier cosa susceptible de ser clavada en un palo, desde pescado, tendón de vaca, setas y corazones de pollo hasta un par de hojas de lechuga, algas o mis favoritos, los de calamar. Aquí os dejo unas fotos que sacamos en Beijing, en una especie de festival del pinchito exótico donde los vendían también hechos con insectos, serpiente, criadillas de cordero, rana y crisálidas de mariposa, todo digno de la imaginación de Suehiro Maruo.

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Como una va de Miguel de la Quadra Salcedo por la vida, no pude resistirme a probar unos cuantos ante la mirada horrorizada de Pablo Laopan, y os diré que los de serpiente, escorpión y rana me sorprendieron muy gratamente, no tanto los de crisálida, que son directamente repugnantes.

Otra variante del chuan es el dulce, normalmente hechos con fruta (mandarina, fresa, kiwi, fruta dragón, manzana…) o pasta de arroz recubierta con caramelo. Los mejores son los que hacen con una variedad de manzanas locales, pequeñas y muy ácidas. El contraste entre la acidez de la manzana y el caramelo es realmente exquisito.

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Y aquí, el hanzi para chuan o pinchito moruno.

pinchito

No me digáis que este no es un país maravilloso.

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