El lunes pasado fue un día un tanto deprimente. Teníamos un examen programado para esa fecha y me pase todo el fin de semana estudiando como una loca, para dejar el pabellón bien alto y sacar al menos un 3 sobre 10, aunque en China la nota mínima para aprobar es un 6 y un sobresaliente un 10 a palo seco, así de duras se las gastan. Yo me conformaba con un suspenso pobre pero honrado.

Creo que no he estudiado tanto desde selectividad por lo menos. Rechacé invitaciones diversas a cañas, maratones de series y cenas con deliciosos pinchitos morunos, practiqué escritura hasta que el portaminas me hizo una marca en el dedo y aprendía a decir jubilado feliz, para describir a mis padres con propiedad. El domingo me fui a la cama agotada y con la cabeza llena de hanzis nuevos y la habitación de Annie la Imbécil Jianadiense perfectamente memorizada.

El lunes me despertó Pablo Laopan. Eran las 11:30 de la mañana y me llamaba por teléfono para preguntarme que tal me había salido el examen. Me había quedado dormida ¿os lo podéis creer?.

Es que no se puede ser más idiota. Yo que solo quería suspender con propiedad y el estilo, la clase y  desparpajo que se me atribuyen y voy y me quedo frita como un jiaozi o un jitui cualquiera. Lo que he aprendido está incrustado a fuego en mi memoria, y todavía puedo suspender el examen final, eso me consuela un poco, pero me apetecía mucho probar suerte y comprobar si mi chino es tan malo como pienso, o peor, o mejor… y ya nunca lo sabré. Me puse el “You can´t always get what you want” de los Rolling Stones, me tome mis cereales compungida y cabizbaja, me duché y me fui a comprar leche al Carrefour del Vortice del Mal echando pestes.

A mitad de camino me acordé de que uno de mis dos sujetadores había decidido suicidarse hace un par de días (no se si lo sabeis, pero los sujetadores baratos, tipo Oysho y Women Secrets también están sujetos a obsolescencia programada, duran exactamente 18 lavados, antes de que uno de los aros salga disparado montando un jaleo horroroso en el tambor de la lavadora y siempre por la misma costura, lo he comprobado)

En cuestiones lenceras, y en otras cosas también, soy bastante extrema. Sólo tolero dos puntos: el cuero, latex, corses, ligueros, encaje y taconazo en momentos erótico-festivos y las bragas de Bob Esponja. No soporto esas cositas primorosas con flores, puntillitas, lacitos y relleno “de diario pero monisimo” y con los sujetadores en concreto soy muy maniática y suelo pasar bastante del asunto. A mí lo que me gusta es que los lechoncitos sean libres, como los pájaros de las canciones de los Beatles y sólo me los pongo en verano, con ropa con escote o en días en los que la Moñas Interior anda realmente fuerte. Aquí en China los uso algo mas, en un esfuerzo inútil por contrarrestar el efecto Dolly Losantos (o Federico Parton si lo preferís) que ya os he comentado.

Pensando en posibles entrevistas de trabajo o días negros y moñas, se me ocurrió que quizás era buena idea sustituir al sujetador kamikaze con otro ejemplar. Además me apetecía fustigarme un poco por lo del examen, y ya que iba al Vórtice me decidí a echar un vistazo. Conste que detesto ir de compras, de ahí la asociación judeocristiana. Me resulta frustrante, aburrido y agotador, si en algún momento existió una Fashionista Interior, desde luego la experiencia trabajando en tiendas de trapos y diversas revistas “de tendencias” la ha desintegrado completamente. No entiendo a esa gente que se va de compras como si fuese algo divertido, por eso el 90% de mi ropa es negra, o de rayas, o con motivos más o menos friquis impresos.

A lo que iba, me metí en el Vórtice del Mal (que en realidad se llama, Hongkou Plaza, el Sueño del Dragón; (Pablo Laopan lo llama también La Pequeña España, porque Amancio y otros explotadores textiles xipanyoles están ampliamente representados) con el Cilicio Mental Shopper bien ajustado y el brick de leche y me fui derecha a la tienda de lencería número 1.

Que suerte, la mía, un montón de sujetadores no demasiado horrorosos a ¡68 yuanes de nada! ¡Ofertón! Me acerqué un poco un mas a ver si hay alguno negro, y si allí estaba. Era increíble, maravilloso, había acabado en menos de diez minutos, un hito, un record insuperable, una hazaña digna de un cimmerio de verdad, una epopeya, un… Ay madre, las tallas.

Ni hazaña cimmeria, ni nada, aquello solo era una tienda llena de bragas y sujetadores de tallas diminutas. La más grande era una 80B, y la más pequeña una 65A. Las chinas son idiotas ¿Quién, en su sano juicio se pondría un chisme lleno de metal y relleno pudiendo no llevar absolutamente nada? Conozco hombres que llevarían una 65ª sin problemas, y una 80B, ya puestos y lógicamente no lo hacen, porque llevar sujetador es un coñazo. Lechoncitos libres! Free as a bird! El Secreto de Victoria es que no hay secreto!

Pero estábamos allí para sufrir, y para encontrar instrumentos de tortura con aros y poco encaje, para las entrevistas de trabajo, y blablabla, así que hice de tripas corazón me cagué en todos los muertos del patriarcado un par de veces y me dirigí rauda y depresiva a la tienda de lencería número 2.

(CONTINUARA)

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