Los peores estudiantes de la clase somos, con gran diferencia sobre el resto y escarnio de la Empollona Interior, El Prenda, el Suizo y yo. Los tres empezamos el curso tarde, nuestra base de chino es mínima y nuestros idiomas maternos (el Suizo habla alemán) están llenos de vocales abiertas, consonantes fuertes y alfabeto latino, así que no nos van muy bien las cosas.

No hablamos mucho entre nosotros, pero estamos unidos por un vínculo desesperado e invisible, como el de los gemelos de Inseparables o el de Henry Lee Lucas y Otis Toole, escrito con hanzis dignos de un zurdo loco y ciego. El Suizo mira hacia la pizarra con la cara de Candy Candy cuando las malvadas del internado se metían con ella y oigo murmurar al Prenda “la madre que la parió” con acento de Málaga al menos dos veces al día. Es como si me leyesen la mente.

El chino exige paciencia, dedicación, memoria visual, buen oído y cintura a la hora de cambiar conceptos, y me temo que estoy un poco oxidada en los puntos 1, 2 y 4 y está claro que tengo que estudiar más. Estudiar chino es como cazar mosquitos de noche. Es exasperante y agotador y cuando empiezas, sabes que los hanzis escurridizos y los diminutos transmisores potenciales de malaria son infinitos y siempre habrá más de donde salieron los primeros, pero cada ideograma dominado, cada mosquito aplastado y cada compra en el super realizada con éxito representan una pequeña victoria personal y provocan en el estudiante una alegría infantil y casi maníaca.

Es adictivo y se lo recomiendo a cualquiera que disfrute metiéndose en jardines complicados y quiera olvidarse de cualquier cosa que no sea el chino. ¿Mal de Amores? estudia chino, ¿Crisis Personal? estudia chino, ¿Estas Gordo? estudia chino (no es broma, el chino adelgaza). Ojo, estudiar chino genera una mala hostia importante y desde luego no se lo recomiendo a nadie que tenga problemas con el control de la ira. Alguna vez he salido de clase con un dolor de cabeza impresionante y pensando que estaba a partir un piñón con los tíos de la matanza de Columbine.

Como os decía, soy una alumna de chino espantosa. En parte, porque el chino es harto complicado, empecé el curso tarde y está claro que no estudio lo suficiente; en parte, porque me cuesta un horror seguir las explicaciones de mis laoshis, que dan la clase en ingles, digamos expresionista (con conversaciones de lo más extrañas, del estilo ¿Cuántos surrealistas hacen falta para cambiar una bombilla? Respuesta ¡El pez!, y conste que no exagero nada) o directamente en chino, en lo que parecen velocidades supersónicas. Esto lo tengo contrastado con algunos compañeros del Degrassi y coinciden conmigo, también sospechamos que al menos una de ellas obtiene cierto placer perverso torturándonos a la hora de hacer los ejercicios. Le encanta decirnos “tenéis cinco minutos para acabar” y preguntarnos si hemos terminado a los 30 segundos exactos, con una aviesa sonrisilla en los labios. A mí me pone muy nerviosa y mis compañeros, más jóvenes y hormonados le toman el pelo en venganza siempre que tienen oportunidad.

Creo que también se debe a que mi Diseñadora Interior odia a muerte nuestros libros de texto. La tía tiene una deformación profesional importante después de pasarse quince años maquetando cosas chulas (o eso piensa ella), y sufre mucho con los bitonos negro/rosa salmón, los dibujos cutres y la maquetación demencial, con hanzis demasiado pequeños y listas de vocabulario que jamás están enfrentadas con el dialogo que les corresponde, y eso perjudica enormemente el aprendizaje de putonghua de todas las Petardas Interiores que con ella conviven.

Esto de odiar los libros de aprendizaje de idiomas me lleva pasando toda la vida. No sé por qué, pero en vez de ser una simple guía de gramática y vocabulario, con ejemplos prácticos y adecuados al día a día (por ejemplo, que te enseñen a decir hamburguesa, café con leche, botas militares o una guía básica de regateo con laopanes) insisten en contarte la vida de algún desgraciado estudiante de inglés, chino o francés.

Siempre son existencias mediocres y aburridísimas y acabas deseándoles un final atroz y lleno de sufrimiento, aunque solo sea por darle interés a la historia. La protagonista de mi libro, que para mas recochineo se titula “Road to sucess”, se llama Annie y es una pobre alma canadiense que tiene que ir andando a clase, prefiere el te a la cerveza y tiene en su cuarto un mapa de China en el que Taiwan es una de las provincias del Zhong guo.

Además es pobre como una rata, y creo que sus colegas Mading y Dawei le desprecian secretamente por hacer regalos cutres de cumpleaños (un diccionario de chino, le regalo a Mading este año, hace falta ser miserable) y decir gilipolleces como “El chino no es difícil” o “Los taxis son muy caros”. Ahí te pudras Annie, espero que al final del libro te atropelle un chuzuche y un enorme xiongmao devore tus entrañas en mitad de Tiananmen, mientras Mading y Dawei bailan borrachos alrededor de tu cadáver.

He aprendido a decir libro de ejercicios, besito y plátano.

NOTA: A los edtores de libros para aprender idiomas: se maquetar y he sufrido vuestros delirios en mis carnes morenas. Si en algún momento buscan un maquetador decente, barato y que simpatice con sus lectores potenciales, no duden en ponerse en contacto conmigo. Y por favor, eviten el rosa salmón en los bitonos, que no estamos en los 70.

Libro de ejercicios:书本/Shūběn/supen
Besito:亲亲/QīnQīn/chinchin
Plátano:香蕉/Xiāngjiāo/sianchiao

 

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