Hace tiempo, cuando trabajaba en lo que podríamos llamar la Revista Juvenil del Periódico Potente y Global, coincidí con Andrés Braun, un redactor simpático y aficionado al comic, que de aquella cubría la sección de videojuegos de la RJdPP&G. Andrés, además de simpático es un tipo inteligente, y cuando empezaron a bajarnos los precios de las colaboraciones, decidió echarle un par de ovarios y se fue a Tokyo a vivir con su novia. El caso es que este verano coincidimos en un concierto en Madrid, y cuando estábamos poniéndonos al día y le dije que me venía a vivir a Shanghai, me felicito, me puso una mano en el hombro y me dijo al oído:

– Vas a flipar.

Macho, no sabes lo mucho que me estoy acordando de ti. Tenías toda la razón.

Vivir aquí está siendo en conjunto una experiencia positiva, y aun cuando no lo es, siempre se puede sacar algo: una nueva palabra en chino, algún aspecto más o menos relevante sobre la cultura o las relaciones personales, o lo más importante, pequeñas lecciones sobre el propio carácter y la entereza personal, la pasta de la que una está hecha, por llamarlo de alguna manera. En este punto, he descubierto, entre otras cosas, que puedo desarrollar una paciencia casi sobrenatural, y que ahora que hago el ridículo prácticamente cada vez que abro la boca, mi capacidad para pasar olímpicamente de lo que piense la gente de mi, e incluso para reírme de mi misma se ha multiplicado casi por mil. También que puedo expresarme por señas, improvisando constantemente, mucho mejor de lo que me creía capaz.

Con todo, hay cosas de la vida en China que resultan de lo mas exasperantes, cuando no totalmente ridículas, y para que no penséis que esto es una juerga constante, llena de neones y farolillos y espectáculos de noise, os las voy a contar. Supongo que a algunas me acabare acostumbrando, otras tendrán mas sentido cuando mejore mi chino, y a otras no me acostumbrare jamás. Ahí van:

El trafico. El conductor chino medio es un salvaje y un perfecto hijo de puta al volante, perdonad la expresión. Sobre todo los de las motos eléctricas. No respetan jamás los semáforos en verde, se toman las reglas de circulación mas elementales como una recomendación graciosa, pisan el acelerador con saña,  y se suben a la acera constantemente. Básicamente, se comportan como un vehículo motorizado cuando les interesa, y cuando no como peatones con ruedas. Al cruzar una calle en Shanghai, pueden atropellarte en cualquier sentido, incluso por detrás. Además no hacen ruido. Habéis oído alguna vez la expresión “el asesino silencioso”? ELLOS son el asesino silencioso.

La gente me mira las tetas. Mucho. Sospecho que no es sexual en absoluto, porque me miran las tetas como se las miraríais vosotros a Federico Jimenez Losantos si un día cualquiera apareciese en público con una 120D de sujetador. Los niños me miran las tetas, las abuelas me miran las tetas, las mujeres jóvenes me miran las tetas… los hombres me miran las tetas como si fuesen dos aliens pegados a mis sobacos. La única mirada obviamente lasciva que recibieron la perpetraron una banda de entrenadores de grillos en un mercado de mascotas (esto os lo cuento otro día) que estaban todos para que les hiciesen la prueba del carbono 14. Es un tanto inquietante.

Son unos cerdos. Son guarros hasta un extremo dantesco. Cualquiera que haya compartido piso conmigo y lea esto se reirá, o pensara que el karma hace su trabajo, porque soy muy desordenada y sé que les hacia la vida imposible. Ahora os entiendo y lo siento de veras, chavales. Para que veáis que no exagero, ahora mismo desde mi ventana veo  un árbol como el de Totoro, que el dia que llegue tenia colgando una bolsa de basura y el tejado de uralita de la casa de abajo. Encima del tejado hay cuatro paquetes de tabaco vacios, una chancla, tres boles de ramen, un cojín de viaje de esos con forma de U y un gato echándose la siesta encima del cojín. Tengo la casa llena de mosquitos por culpa del agua de lluvia acumulada en los botes de ramen.

Hemos visto hoteles de lujo con montañas de escombros y basura al lado que llegaban hasta el segundo piso. El día que fui a hacerme el reconocimiento médico para el visado, una de las enfermeras (una chinita muy mona, con su batita rosa, que no pesaba ni cuarenta kilos) se tiro un eructo absolutamente sobrecogedor, por un momento pensé que había un hooligan borracho escondido en alguna parte. También hay gente muy limpia, como otros vecinos nuestros, que tienen una huerta que da gusto verla, parece un anuncio de detergente al jabón de Marsella, pero me temo que son una excepción.

El Great Firewall of China. Tengo un VPN instalado y eso facilita las cosas, pero le resta velocidad a la conexión y me da muchos problemas con el Skype. Por algún motivo no se pueden subir fotos a través del VPN. Ayer, por ejemplo sacamos una foto maravillosa, de una mata de hiedra con la forma exacta de Cristiano Ronaldo, un prodigio de la naturaleza que no podre enseñaros hasta que vuelva a España. Tampoco puedo enseñaros el bonito cartel que hemos puesto en la puerta con la letra de “Mi carro” de Manolo Escobar traducida al chino, y dedicada cordialmente al mamón que se ha llevado nuestro carrito de la compra. Lo peor del VPN, sin embargo, es que siempre se me olvida quitarlo cuando tengo que enviar archivos adjuntos en el correo electrónico, y no me doy cuenta hasta que he perdido la paciencia y me encuentro gritándole al ordenador como si pudiese oírme.

Hoy he aprendido a decir adiós. Os parecerá una chorrada, pero es una expresión que por algún motivo no consigo retener y siempre digo bailando alguna letra (zei chan, chei zan, chan zien, etc…) Se dice zai chien, como Joan Chen. Espero acordarme en adelante, porque la chica del Lawson donde compro tabaco ya empieza a mirarme mal.

Adiós/再见/Zàijiàn/Zaichien

Anuncios