Una de crónica nocturna. Ayer fuimos al 696 Livehouse, en Sichuan Road, a ver Dreaming of Electric Goats, un espectáculo de música experimental/noise. Fue un tiro al aire en toda regla, y os confesare que según llegamos, la cosa no pintaba nada bien.

La sala -un local pequeño, modernito y coquetón de techos altísimos, paredes pintadas de negro decoradas con vinilos de One Piece, precios escritos con tiza de colores detrás de la barra, sillones rojos y unos carteles que quitaban el hipo de lo buenos que eran- estaba prácticamente vacía. En total, las 10 personas que había allí (contando a los camareros y al técnico de sonido) estaban sentadas y miraban el móvil con la expresión del que espera un autobús.

Las copas eran tamaño infantil, absurdamente caras y venían de una botella que recordaba sospechosamente a la Ginebra Lyrios de nuestra adolescencia noventera. Los camareros (chinos) eran simpáticos, pero solo atendían en ingles.

El grupo que probaba sonido en aquel momento combinaba un ruido espantoso, lleno de acoples y arco de violín con esa actitud tan irritante de “estamos encantados de habernos conocido” de muchos grupos amateur. Siguiendo las reglas internacionales del mamoneo, les acompañaba un reducido grupo de admiradores/entendidos (dos tipos) que saludaban chocando las manos en alto y comentaban la prueba levantando los pulgares como haciendo autoestop. Con ellos estaba una chica rusa muy guapa que se cepillaba el pelo y bebía un batido de fresa con pajita, mientras parecía hacer enormes esfuerzos por no mirar el móvil cada treinta y cinco segundos. Se le veía un poco descolocada a la pobre, bastante fuera de lugar y con ganas de estar en cualquier otro sitio del planeta, y no me extraña.

A pesar de todo, como la entrada era muy barata y tampoco nos apetecía volver a casa, decidimos quedarnos. Después de todo, todavía no había empezado el concierto y empezaba a llegar mas gente: un par de alemanes con pinta de nihilista de El Gran Lebowsky, algunos chicos chinos, cinco o seis italianos, etc. así que nos pedimos otra ronda de Gin tonic infantil y decidimos darles una oportunidad a los chavales.

El grupo empezó a tocar en serio, y lo mejor que puedo decir es que las canciones eran cortas. Sonaban francamente mal (no es que yo tenga mucho criterio en lo que a noise se refiere, pero sospecho que cuando a una se le levanta dolor de cabeza hay algo que no va del todo bien) y todos, menos el batería obviamente, tocaban de espaldas, para que se viesen claramente los mensajes ofensivos de sus camisetas. Daban tanta pena que no voy a poneros el nombre del grupo para ahorrarles más oprobio y vergüenza. Nosotros estábamos ya casi al borde de la desesperación.

Y entonces empezó lo bueno… (CONTINUARA)

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